Nuevos principios, nuevas aventuras

Desde mi ventana veo un jardín muy distinto al que veía la última vez que te escribí. Este jardín no tiene tantas flores, y no tiene tantas privacidad, pero por otra parte, por esta ventana por la que miro entra mucha más luz, luz que alumbra un nuevo espacio, un nuevo principio y el inicio de nuevas aventuras.

Como puede que ya te haya contado, después de año y medio de convivencia, he perdido un compañero de vida y he ganado un amigo. Para no aburrirte te resumo que descubrí o descubrimos que quererse es imprescindible, y de que nos queremos no tenemos duda, pero quererse no es suficiente. Y en nuestro caso, formas de ver la vida y formas de vivirla muy distintas nos han llevado a este punto en el que hemos antepuesto el amor y la amistad a insistir en una relación que no me hacía feliz.

Así que después de unos meses complicados, aquí me tienes, en mi casita de ladrillo rojo, la primera que no comparto con nadie desde hace muchos años (¿tal vez demasiados?), la primera que organizo a mi manera desde hace muchos años (¿tal vez demasiados?). La casa de los nuevos principios y las nuevas aventuras, con dos habitaciones por si decides pasarte por este rincón del mundo.

He salido de la ciudad y he vuelto al campo (la cabra tira al monte, o en este país la oveja tira al prado), he cambiado los atascos por la comodidad de vivir a 10 minutos en coche del trabajo y he llenado una pared con vuestras fotos para recordar que aunque viva sola, nunca estoy sola.

Semanas atrás hablaba con una compañera de trabajo y le contaba que tengo la sensación de haberme subido en una montaña rusa a los 18 años y en ella sigo. A veces cuesta arriba, a veces cuesta abajo, a veces gritando de miedo, a veces con el estómago cerrado, y otras disfrutando de la velocidad y el viento en la cara. Pero también empezando a asumir que en el diseño de esta montaña rusa se me olvidaron las rectas en llanito. Ese día parece que no fui a clase.

Y ahora cual hobbit que decide dejar la Comarca, estoy al principio de tantas cosas y de tantas nuevas aventuras, con la firme convicción de que lo mejor está siempre por llegar, y con el firme propósito una vez más de contarte más a menudo lo que la vida me traiga, o lo que yo decida coger, que ya sabes que la paciencia y la medida nunca han sido virtudes en mi lista.

Como dice Osho, tan presente en esta nueva casa, la vida empieza donde termina el miedo.

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La vista al final del túnel

Desde mi ventana veo cómo los árboles han despertado, están ya cubiertos de hojas, y la vida se intensifica por momentos. Y es que por duro que sea el invierno, al final llega la primavera. Y a veces llueve durante días, y a veces nieva en abril, pero la vida no se para.

Y es curioso porque es exactamente como me siento. Ayer tuve un momento revelación cruzando el puente que me traía de vuelta de mi querida y hasta ahora añorada Gales al lugar en el mundo en que ahora vivo. Y esa revelación fue que el invierno pasó, que la oscuridad pasó, que he salido del túnel, y que para poder seguir adelante tenía que dejar de mirar hacia atrás. O versión menos poética, si caminas por la calle mirando para atrás, te comes todas las farolas.

Que conste en acta que este largo y oscuro túnel no lo he recorrido sola. Y aquí llega la primera reflexión del día: quiero, necesito, me gusta compartir. Lo bueno, lo malo, lo regular, lo peor, las risas, las lágrimas, los bajones, los subidones, las noches oscuras y los días brillantes. Así que gracias Amparo, María José, Belén, Julio, Rosa, Francisco, Karmele, Elena, Mario, Charlie, Marisa, por las charlas, los whatsapps, las llamadas y por ser esa red que me permite de vez en cuando hacer triples saltos mortales. Y si no te menciono discúlpame, tengo la suerte de que seáis muchos y muy buenos.

Como suele pasar en estos casos, una vez las heridas se cierran, la cabeza se resitúa mirando al frente y los espejos se limpian, pues surge una versión mejorada, así como una actualización de software de las que revisan errores, desarrollan nuevas aplicaciones y hacen más consumiendo menos. Claro está que luego el sistema tendrá errores nuevos, pero ahora toca experimentar con las nuevas opciones y ver el rendimiento que se le pueden sacar.

En mi caso ya no sé en qué versión estoy, pero en honor a mi admirado Doctor y tras un día entre Daleks y entrando y saliendo de la TARDIS, me autoadjudico la versión 12: Shubhaa.12.0.

Esta versión curiosamente revisita las bases de la que fue la gran transformación, la Shubhaa.1.0, y reconecto con Osho una y otra vez. Y vuelvo a decidir soltar convenciones, y vuelvo a dejarme abofetear por sus palabras, y vuelvo a sentir la necesidad de bailar, de reír, de abrazar, de meditar, y sobre todo de compartir. Primer paso,  apuntarme a From Osho with Love, Monthly Sunday Celebration. La primera será en julio, porque en junio me he apuntado a un taller de Body-Mind Dance de 7 horas en vena.

Pero como se trata de una versión mejorada, viene con nuevas aplicaciones y nuevos retos, y aquí es donde voy a necesitar que me ayudes. Mi coach, la GRAN Belén Casado me recomendó una lectura que te hago extensiva: El Triángulo Dramático de Karpman. Y al leerlo me identifico con el rol de Salvadora, superwoman, o en otras palabras, tus necesidades primero hasta que llegue el momento en que me pierda de tanto adaptarme a lo que tú necesitas. Y hay que ver lo bien que se me da.

Tomar conciencia de esto me hace pensar en dos conceptos importantes. El primero me lleva de vuelta a Osho, y es el quiérete a ti mismo, y luego a los demás. Así que me complace informarte de que a partir de ahora no te voy a querer igual, te voy a querer mejor. Porque te voy a querer sin sacrificios y te voy a querer sin perderme, y así creo que tú ganas y yo gano. Win-win.

Pero como resulta que lo que se me da bien en esta vida es ayudar, mi gran reto para esta nueva fase es ayudarte sin salvarte. Y como te decía antes, aquí es donde te voy a necesitar. Si me pongo profunda, entonces te invito a que leas el libro, identifiques tu patrón y hagamos este viaje desde la misma perspectiva. Si me pongo práctica, te pido que por favor me pares antes de que corra a una cabina de teléfonos a ponerme la capa de superwoman. Primero, porque ya no hay cabinas y me acabarán deteniendo por escándalo público. Y segundo porque ni yo debo salvarte, ni tú necesitas que te salven. Si quieres te ayudo, si quieres te acompaño, aunque no quieras te quiero, pero voy a dejar la capa como los martillos que se usan para romper ventanas en caso de incendio, solamente para emergencias.

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La felicidad en cinco minutos

Desde mi ventana veo un día que despierta sin ruidos y sin prisas. Desde los tiempos en los que me levantaba de madrugada a estudiar, siempre me ha gustado especialmente este momento de la mañana en la que los humanos duermen, y la luz del sol poco a poco va despertando las plantas, los pájaros, y en el caso de mi jardín, a los gatos que esperan pacientes bajo el bar para pájaros la oportunidad de sacar el instinto de cazador que llevan/llevamos dentro.

Cuando pienso en estas semanas desde que escribí mi último post, me viene a la cabeza la frase de la gran Tania Rivas: estonosepara. Y así es, nosepara, la vida sigue su curso y en esta última semana con un recordatorio en forma de ambulancias a urgencias de que estar vivo es un regalo, y estar sano es un privilegio. No te asustes, todo bajo control, el caballero inglés que no pasa la ITV y va a necesitar un arreglo tipo junta de culata.

Y lo que tiene pasar una noche en vela en urgencias (y como una campeona ir a trabajar a la mañana siguiente a dar un curso de directivos), es que te da por pensar, y pensar con cansancio simplifica, que la verdad, viene muy bien.

Reflexión de madrugada inducida por la privación de sueño: todos tenemos al menos 5 minutos de felicidad al día. Otra cosa es que los reconozcamos o que se nos pierdan en el resto de momentos infelices o neutros del día, pero estoy convencida de que a todos en algún momento del día nos pasa algo que nos ilumina la cara, el corazón o el bajo vientre, o con suerte los tres a la vez.

Y por aquello del compartir, y dada la escasa respuesta a mi llamamiento a escribir cartas de verdad, pues se me ocurre que si cada mañana empiezo el día lanzando al mundo un pensamiento feliz, cada día podría terminar el día compartiendo con el mundo uno de mis momentos felices del día (y cuando digo mundo, digo amigos).

Empiezo por uno de mis momentos felices de ayer: la felicidad es ver la ropa tendida al sol en el jardín.

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De bares para pájaros y jardineros de personas

Desde mi ventana hoy veo un jardín que empieza a despertar poco a poco a base de lluvias y de la luz de un sol que parece que va perdiendo la timidez, aunque todavía sea como un adolescente que cuando sale del letargo e interactúa hasta te sorprende.

En el jardín hemos abierto un restaurante para pájaros, al que acuden a comer una bonita variedad de pájaros, y desde hace unos días, una pareja de ardillas que disimuladamente suben a los comederos de los pájaros, cual pareja de mediana edad en un after de música electrónica. Algunos de estos pájaros vienen del sur, como yo, otros disfrutan de una charla en grupo, como yo, otros cantan cuando nadie les ve, como yo. Y es que una de las ventajas de vivir en esta parte del mundo es, primero que tengo jardín propio por primera vez, y segundo, que lo de alimentar y observar pájaros es deporte nacional. Me ahorro las comparaciones con las cabras y los campanarios.

Te cuento que esta semana pasada ha sido especialmente gratificante en lo personal, y que gracias a la gran Belén Casado – mi supercoach – y al apoyo de mis compañeros de trabajo, en especial a mi jefa senior (te cuento, tengo un line manager que es mi superior directo, luego a mi jefa senior, y por último al director) creo que por fin he visto la luz laboral.

Hace un par de meses mi senior y yo hablamos sobre la necesidad de formar en coaching a todos mis compañeros, y yo aprovechando que tengo licencia para impartir un curso de coaching, pues me puse en contacto con quien me dio esa licencia, traduje los materiales, los adapté a mis circunstancias (básicamente añadiendo chistes y actividades) y esta semana impartí mi primer grupo, a cuatro compañeros formadores y tres jefes de departamento, entre ellos mi senior. Sin presión.

Y ha sido GENIAL. Tuve la suerte de que fueran impares y tener que hacer de participante en las sesiones de coaching, volviendo en un viaje en el tiempo a aquellas primeras sesiones en las que no sabía muy bien qué estaba haciendo, y en las que descubrí que no se me daba nada mal.

Después de tantos años, ha sido una reconexión con aquella experiencia que me cambió la vida, que me regaló una profesión, una gran coach y mejor amiga, y la oportunidad de aportar un granito de arena al desarrollo personal y profesional de otras personas.

En un momento del curso alguien me preguntó qué significaba el coaching para mí, y de repente, con el jardín y la primavera muy presentes, me escuché contando que yo en el fondo era una jardinera de personas, que lo único que hago es aportar agua para que se alimenten de los nutrientes que tienen a su alcance, que les ayudo a podar las ramas secas que les impiden crecer, y a apartar algunas hojas para poder ver la luz del sol.

Y con ese pensamiento en la mano, el viernes le hice una propuesta a mi jefa que me acerca más a la formación en habilidades (coaching, comunicación, liderazgo, gestión de equipos…) y me aleja de la formación de ventas, de los coches y de las motivaciones económicas del vender más y más. Para mi sorpresa, una gran sonrisa en respuesta y la confesión de que era el plan que tenía para mí. Ahora a seguir los cauces reglamentarios para optar al puesto, pero parece que con muchas posibilidades.

Por primera vez en este año, he reconectado con la formadora que me gusta ser, y no sé si es arrogancia o exceso de optimismo, lo cierto es que soy jodidamente buena.

Primera consecuencia, mi director se ha apuntado al curso, y los jefes de departamento han apuntado a todos los miembros de sus equipos.

Segunda consecuencia, estoy escribiendo la segunda parte del curso para llevarlo un nivel más allá, segunda parte a la que ya se han apuntado todos los participantes de esta semana.

Tercera consecuencia, esta semana tengo ganas de ir a trabajar. Poco a poco voy encontrando mi sitio, y ahora sé que no se trataba de encontrarlo sino de crearlo, y que el secreto era ser yo y seguir mis instintos.

Y el martes solicito oficialmente la residencia en este país, que a día de hoy todavía es un trámite voluntario pero que en la era post-Brexit será imprescindible, y prefiero pedirla ahora que no la necesito, que tener que correr cuando sea obligatorio.

Y me pregunto si a mi edad tendría este tipo de oportunidades en España. Lo que sé es que no podría ver ardillas comiendo en mi jardín.

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De adulteces y bailes bajo la lluvia

Desde mi ventana veo llover, y llevo viendo llover ya unos cuantos días. Pero después de un breve viaje a Glasgow en el que desde mi ventana veía nevar, también la cualidad de esta visión va a resultar que es cuestión de con qué la compares.

Pero te diré también que uno de los árboles del jardín ha decidido retar al calendario y mostrar las primeras flores, porque él ha decidido que ya es primavera, sin que importe lo que diga El Corte Inglés o la BBC Weather website.

Y de esas pequeñas rebeldías vengo a hablarte hoy. Esta ha sido una semana curiosa, en la que me he debatido y me debato entre adulteces y pequeñas rebeliones.

Empiezo por la adultez. Desde el lunes tengo coche nuevo, mejor dicho tengo nuevo coche de segunda mano. Y es que mi viejo compañero de los últimos dos años ya está para menos trotes y cada vez que salíamos a la autopista era un sinvivir, con ruidos extraños que no presagiaban llegadas a destino sin problemas. Así que mi 206 va a ser un jubilado que solamente irá a ver obras cercanas, mientras que un flamante VW Golf carga con los viajes más largos y el día a día del trabajo. Y aún recuperándome del mareo del desembolso económico, y viendo que he comprado un coche práctico, seguro y cómodo, se me disparan las alarmas del exceso de adultez y para compensar te diré que 1 año de trabajar para BMW ha financiado la compra de un VW. Ironías del destino, que parece que en lo automovilístico siempre pasa por Alemania.

En el trabajo me ha tocado asistir a mi segunda semana de adoctrinamiento germánico para ser formadora certificada de BMW. Como buena adulta que cobra a final de mes por su trabajo, y como le prometí a mi jefe de equipo, me he portado bien, he participado lo justo y he sido sarcástica solo lo justo – menos mal que entre que el formador era alemán y mis compañeros ingleses, no pillan mis sutilezas. Ante la evidencia de que este trabajo representa doscientos pasos atrás en cuanto a creatividad, metodología y efectividad, vuelven las dudas sobre si seguir o cambiar. Y es que mi trabajo ya aburre. Pero paga las facturas, el alquiler, los viajes, y ha pagado el coche.

Para compensar tanto pensamiento adulto, he incorporado mi nuevo descubrimiento musical al repertorio que te conté en otro post, porque desde que tengo que ser tan adulta, lo único que me apetece es bailar. Y en un día como hoy, bailar bajo la lluvia hasta que me falte la respiración.

Tras una reciente salida a un local de salsa, tras ver que aquí lo de bailar salsa es extremadamente adulto – más de exhibición que de emoción – me he pasado a la música electrónica, que no hay forma adulta de bailarla. Y de un tiempo a esta parte, Moby me acompaña a trabajar cada mañana y me trae de vuelta a casa, donde según el día, bailo y bailo y bailo hasta que consigo sacudirme toda la adultez del día.

Y es como el mismo Moby dice en uno de sus conciertos, hay días que solo necesitas una canción que te haga saltar sin parar.

¿Bailas?

 

A veces escribo cartas

Hoy voy a ser incongruente, ventaja que me da el pertenecer a la especie humana y mi propia capacidad de auto-análisis.

Hace unos días leía en el Facebook por el que sigo las andanzas de mi hermano en su gran aventura, que una de las cosas que más está apreciando del viaje es la no dependencia de internet, de las redes sociales, del puñetero smartphone, y darse el lujazo de estar desconectado de todo para poder centrarse en apreciar los momentos, las vivencias, los lugares, las emociones, los colores, y todas esas cosas que se sienten en la piel y no en las pantallas.

Y me hizo pensar en lo superficial que se vuelven las conversaciones cuando están limitadas a las restricciones de espacio de un whatsapp, a la falta de privacidad de las redes sociales, o a lo aséptico de los tipos de letra de un procesador de texto.

Recordé también que una amiga me mandó un mensaje al recibir mi postal de Navidad en el correo ordinario, comentándome la ilusión que le había hecho recibir una carta entre tanto extracto bancario y tanta publicidad no deseada.

Así que ni corta ni perezosa me lancé a Facebook a proponer a mis 221 “amigos” que nos comunicáramos por carta, que cogieran papel y boli (o pluma los que como yo siguen prefiriendo la fluidez de la tinta) y se sentaran a escribirme una carta, que yo me comprometía a escribirles de vuelta.

La primera intentona no dio muy buen resultado, lo que tiene colgar posts sin fotos de gatitos, chistes políticos o titulares grandilocuentes, y encima de más de dos líneas. Pero por optimismo, insistencia o tozudez, lo he intentado de nuevo hace un par de días, y por ahora 7 personas me han pedido mi dirección.

En los próximos días llegaré a casa con una motivación extra de abrir la puerta y ver si entre el correo comercial, los extractos del banco y las entregas de Amazon para que el rubio siga completando su colección de música, encuentro una perla, un tesoro en forma de carta.

Porque la comunicación es más que redes sociales y mensajes de texto. Porque no nos dedicamos el tiempo que nos merecemos, porque la amistad hay que alimentarla, porque hay cosas que una vez en el papel vuelan y nos liberan de su peso, porque los mensajes manuscritos tienen emoción, y errores, y vida.

Porque esta vida que llevamos y llenamos de obligaciones, hipotecas, prisas y pantallas se merece ese parar a sentir y contemplar que mi hermano está descubriendo.

 

De gorilas en la niebla

Desde mi ventana veo un jardín invernal en el que todo se ha parado a reposar, y en eso ando yo también hoy, en parar a reposar lo vivido en lo que llevamos de año.

Esta semana algunas conversaciones y actitudes han ido de la mano de las espeluznantes noticias que nos llegan, algunas acompañadas de pequeños atisbos de esperanza. Y a riesgo de escribir un post profundo y filosófico sobre el papel de la mujer en el siglo XXI, voy a intentar hacerlo a mi manera.

Dedico este post a una especie que no está en peligro de extinción, pero sinceramente debería estarlo: El gorila macho-alfa.

Uno de los primeros signos que identifican a un gorila macho-alfa es una cierta postura al sentarse y al caminar, como si sus genitales tuvieran una especie de fuerza impulsora que les obligara a estar siempre por delante del sujeto en cuestión. Y considerando el tamaño de ciertas barrigas cerveceras que suelen desarrollar a base de años y barras americanas, se entiende que haya un cierto patrón evolutivo que les haga posicionar sus genitales por encima de la línea del ombligo, para facilitarles la visión de los mismos sin necesidad de espejo.

En cuanto al uso específico del lenguaje, además de la tendencia a utilizar palabras que no requieran de complejos entramados neuronales para su comprensión o ejecución, el gorila macho-alfa se caracteriza por utilizar distintos tonos de voz según se dirija a especímenes de su mismo género o del género opuesto. Así una voz grave y profunda, con el volumen dos puntos por encima de la media y con porcentaje de palabrotas también por encima de la media, se transforma en tono condescendiente y paternalista cuando hablan con féminas, en un rango que oscila entre el modelo “churri”, el modelo “mejor estabas en tu casa fregando”, y el modelo “lo que necesitas es que te pongan mirando a Cuenca”, según la edad y el tamaño de las glándulas mamarias de la sujeta en cuestión. El último modelo es el de habitual aplicación cuando la fémina expresa su deseo de realizarse como individua y como persona en algún campo profesional.

En cuanto a su visión de las perspectivas laborales de una mujer, suelen resumirse en una: puta. Y es que como se encargan de repetir, todas putas menos sus madres, porque de sus hermanas dudan. Se han registrado algunos casos en los que por un error en la alineación de cromosomas, algunos han sido capaces de restringir esa parte de la actividad al dormitorio, dejando el papel de profesional para pagar la hipoteca, y el de señora para las visitas, especialmente de la suegra. Y si la única explicación que su cerebro es capaz de procesar en caso de que una fémina quiera trabajar fuera de casa es la incapacidad de su macho para satisfacerla sexualmente, el espacio donde se archiva el razonamiento queda peligrosamente vacío si esa mujer decide incurrir en un campo profesional tradicionalmente goriláceo, como pueda ser el fútbol, la aviación, las fuerzas armadas o el sector automovilístico. En su primitivo cerebro se ven utilizando sus genitales para lanzar agua bendita que aleje a las fuerzas del mal, ¡vade retro satán!.

Sus primitivos instintos les llevan a querer reproducirse y perpetuar el linaje, el apellido y la especie, siempre y cuando el resultado sea otro pequeño gorilita al que llevar al fútbol, contarle las verdades de la vida, y a ser posible a un puticlub cuando le llegue la edad para estrenarse. Si por algún error del orden natural de las cosas su descendencia es femenina, se consuelan pensando en que la próxima vez habrá mejor suerte, y en que igual con el modelo adecuado, la niña no crecerá y se convertirá en una adolescente que haga babear y fantasear a sus colegas gorilas.

El principal factor de riesgo que amenaza a la supervivencia del gorila macho-alfa es que, por caprichos de la biología, de la evolución de las especies y del empeño oculto de muchas féminas por reivindicar para ellas y para sus hijas derechos, libertades y acceso al mundo laboral, cada vez encuentran a su disposición menos hembras en edad reproductiva que estén dispuestas a alimentar sus actitudes vitales de gorila macho-alfa. Culpan de esto sobre todo a los progenitores de dichas féminas, por no haberlas sabido meter en vereda a tiempo, y a las madres que no supieron educarlas para ser sumisas y obedientes, que lo de puta ya lo llevan en la sangre.

Pero afortunadamente para ellos,  gracias a los avances en el transporte de masas y en la comunicación por internet, han encontrado su paraíso particular en ciertas partes del planeta para compensar esa falta de disponibilidad, donde por una salida a la pobreza o a la miseria, que no son lo mismo pero joden igual, aquellas que tuvieron menos suerte al nacer venden su dignidad por un paso hacia lo que otras tenemos por derecho.

 

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